El ojo vago

Dale fuego a un hombre y estará caliente un día, pero préndele fuego y estará caliente el resto de su vida. Terry Pratchett

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Nombre: Myrddyn
Ubicación: Villava, Navarra, Spain

14.5.09

En tierra cervecera VI: todo tiene su fin

Y por fin llegó el día en que teníamos que correr al aeropuerto cargados con nuestras maletas y con más barriguilla cervecera que cuando salimos de Pamplona. Aún así, antes de eso nos fuimos a un mercadillo a comprar recuerdos de esos de última hora para parientes pelmas y compromisos. Antes de subir al avión nos tomamos la última cerveza buena (en suelo internacional, eso sí. Ahí todas son de importación, ¿no?).

Eso es cultura cervecera

Hasta ahí lo bueno del viaje. Sin salir del aeropuerto empezaron los males: unos mozos de escuadra nos vieron mala cara y nos pararon cuando cogimos la furgoneta.
- Buenos días.
- Buenos días.
- ¿A qué vienen al aeropuerto?
- No venimos, nos vamos. Acabamos de volver de Praga.
- ¿Y a dónde van?
- A Pamplona.
Hay respuestas que no es conveniente dar a las fuerzas de seguridad, y menos si llevas una semana sin afeitarte, vas en una furgoneta repleta de bolsos y estás en un aeropuerto.
- DNI.
- Sí, por aquí está.
- Y el de los de atrás también.
En el asiento del copiloto no había nadie, porque el Capitán Cavernícola había ido a pagar el parking. Los coge, los mira, nos mira...
- ¿Has cometido alguna vez algún delito?
- No.
- ¿Seguro?
- No. Digo... sí, seguro.
Se asoma otra vez por la ventanilla y me mira. Ya ha olvidado definitivamente hablarnos de usted. Se ve que ha cogido confianza.
- ¿Y tu amigo el de atrás?
- Tampoco.
Me vuelve a mirar. A punto estoy de confesar que me bajo música y pelis con el emule y lo de las dos niñas que tengo encerradas en el corral del pueblo, pero me muerdo la lengua, me rehago y pongo cara de póker.
- Ábreme la parte de atrás.
Van atrás. Yo aprovecho para reirme un poco, ahora que no me ve. No mucho, porque pronto se acerca otro y vuelve a asomarse. Es lo que tienen las ventanillas tintadas, que provocan curiosidad. Al final parecen darse por satisfechos y nos dejan marchar. En cuanto los perdemos de vista, recogemos a los del parking y salimos de allí a cometer algún que otro delito al volante.

Por el camino tuvimos que parar a comer y me pedí una cerveza. Craso error: aunque no era de las malas me supo a rayos. Malísima. Y es que después de tanto día bebiendo buenos néctares, ninguna cerveza española es buena (y menos de lata).
Otra aportación española a la humanidad (y eso que no han probado la cerveza)

Llegamos a casa justo a tiempo para irnos de cena (ese fin de semana eran fiestas de Villava) y a mí seguían sabiéndome mal las cervezas del país. Y tampoco era cuestión de estar toda la noche pagando Urkel o Staropramen, que aquí valen un riñón. Como además hacía bastante frío, decidí pasarme a los cubatas de ron. Pero ni por ésas: aquello me sabía muy muy dulce. Hasta empalagoso. Así que ahí estuve toda la noche sin beber agusto y jodido de frío. Y lo peor de todo es que, acostumbrado a que no me entendieran, soltaba en voz alta mi opinión sobre las pintas, el pelo o las tetas de todo aquél que se cruzaba en mi camino. Por suerte, la mayoría estaban borrachos y no hubo una tragedia.
Y así terminó mi viaje cervecero. Otro año tengo que ir a Bélgica a visitar monasterios y tabernas que hagan cerveza de 13º. Y este 2009 es el 250 aniversario de la Guinness, buen momento para ir a Dublín a ver la fábrica: dicen que la que te dan allí (una pinta con la entrada de la visita) es la mejor que te puedes tomar en el mundo, porque la Guinness pierde propiedades al viajar y esa no ha viajado nada. Habrá que probar.

PD: en un par de semanas podía beber cerveza española y beber cubatas sin ningún problema, pero la primera noche fue muy dura.

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27.3.09

En tierra cervecera V: el día después

Al día siguiente, me despertó uno de nuestros compañeros de habitación, que había llegado la noche anterior y estaba ya deseando irse a la Oktoberfest. Me dieron ganas de irme con él y desayunarme una jarra, pero no lo hice. En su lugar, me acerqué a la cocina y cogí lo primero que pillé. Craso error: lo único que allí había era un vaso y un grifo. Logré combinarlos entre ellos, pero al tratar de beber el agua fui incapaz. No es sólo que no supiera a cerveza (creo que era el primer trago desde que cogí el avión), es que el cristal del vaso era tan fino que la mayor parte del agua cayó a la fregadera y no a mi reseca garganta. Se ve que mis labios se habían acostumbrado al grosor de las jarras y no había forma de beber de vaso. Incluso agarrarla -así, sin asa- se me hizo difícil.
Tras ese traumático desayuno nos fuimos a ver Munich, ya que esa misma tarde volvíamos a Praga. Visitamos un gran parque en el que hay una especie de torre china. La gente por allí estaba más tranquila que en la feria, pero no por ello dejan de beber cerveza: en cualquier esquina hay un barico con una terraza y gente bebiendo jarras en ella. Comimos (y bebimos) en el mismo mercadillo en el que compramos provisiones para el viaje.
He de decir que Munich es una ciudad bastante acogedora y entretenida, incluso fuera de Theresenwiese. No dejéis de visitarla si tenéis ocasión. Y si vais más de un día -no como yo- mejor.
Otras siete horas de tren hasta llegar a Praga. Como ya me había leído entero el libro que me llevé en el viaje de ida, en este me dediqué a ganar a la brisca. Por suerte, el trayecto fue más tranquilo, sin perros ni aglomeraciones. En Praga, nos fuimos directos al hostal. Esta vez nos colocaron en una casita en el jardín en la que estábamos sólos, así que cenamos allí tranquilamente. Se me acabó la cerveza, así que me salí al jardín a tomar el aire con una jarra llena de... zumo. Lo puse en la jarra para que no se me cayera todo al suelo. Y, aunque seguía sin saber a cerveza, al menos pude bebérmelo todo.

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25.1.09

En tierra cervecera IV: Valhalla

Al día siguiente, me desperté como en las mañanas de Reyes de cuando era niño: temprano y deseando saltar de la cama. Iba a hacer realidad uno de mis sueños: estar en la Oktoberfest (el otro es ir a colonizar un planeta lejano, pero mucho tiene que avanzar la NASA para que lo logre en esta vida). Mientras esperaba a ver si se despertaban los demás, vi que el alemán de la noche anterior seguía prácticamente en la misma postura y roncando igual de fuerte. El rato que tardó la gente en despertarse, prepararse y salir del hostal se me hizo eterno, claro. Ya eran las nueve de la mañana y seguía sobrio. En realidad no comienzan a servir cerveza hasta las 10, así que la cosa no era tan grave, pero yo estaba igual de impaciente. Antes de llegar a Theresienwiese, la campa en la que tiene lugar todo el evento, paramos a desayunar en una cafetería. Yo hubiera ido directo a desayunar cerveza, pero bueno.
Al final, ya eran más de las 10 cuando entramos. Aquello es como una feria normal y corriente: norias, trenes del terror, montañas rusas, puestos de algodón de azúcar... Así que puedes ver niños correteando por allí, pares, abuelos... Lo bueno son las casetas de las cervezas, que es como entrar a otro mundo. Cada marca de cerveza tiene su carpa, separada del resto de la feria (no puedes beber fuera de los recintos). Algunas tienen mesas en el exterior, aunque nadie las usaba porque hacía un frío del carajo. Nos habían dicho que la carpa con mejor ambiente era la de Augustiner, así que allí nos encaminamos.
Hay que explicar, para quien no lo sepa, cómo funciona la historia: la carpa está llena de mesas en las que te sientas, con un espacio para la banda (de música tradicional bávara) y todo rodeado por barriles de cerveza; hay gente que está continuamente llenando jarras de esos barriles y los camareros las van cogiendo y sirviendo por las mesas. La clave es sentarse: si no estás en una mesa, el camarero no te sirve. No puedes ir a la barra, pedirte tu birra y pasearte por allí. Por eso, la gente llega a primera hora, se sienta y se levanta diez o doce horas después para volver (como puede) a su casa. Puedes levantarte para ir al baño (siempre que te asegures de que te guardan el sitio), ponerte de pie en el banco para brindar, cantar, bailar, caerte... Lo que no se puede es subirse a la mesa: te dirán amablemente que te bajes y, si insistes, te sacarán -no tan amablemente- por la puerta.


Así pues, lo que hicimos cuando mis ojos dejaron de parecer platos fue buscar un sitio para sentarnos. Como las mesas son grandes (para diez o doce personas), lo normal es que tengas que pedir permiso para sentarte en aquellas en las que haya un hueco. Nosotros éramos siete, pero nos conformábamos con tener sitio para dos o tres y que fueran pidiendo la cerveza para todos. Sin embargo, no hubo suerte: la gente guardaba huecos a sus amigos -o eso decían- y no nos dejaba. Tras dar una vuelta, tuvimos que abandonar la carpa de Augustiner sin probar la cerveza.
Entramos en otra que había por allí: Schottenhamel, que no es una marca de cerveza sino el nombre de la familia que la regenta. La cerveza que sirven es Spaten, es la carpa más antigua de la Oktoberfest y la ceremonia de apertura del primer barril tiene lugar allí. Allí tuvimos más suerte, pues dos americanas estaban solicas en una mesa y nos dejaron sentarnos a todos. Majas las chicas.
Pronto comenzó a correr la cerveza: el primer trago que le di a mi jarra de litro habría bastado para dejar vacío cualquier botellin de los que se sirven aquí. Qué gran sensación es quedarse saciado y que todavía quede mucha cerveza en la jarra. Qué gusto da brindar con el de al lado sin miedo a que se vaya a romper el vaso. Qué alegrías para la vista dan las chicas vestidas de tirolesas (y qué majas son: se prestan con una sonrisa para las fotos por mucha cara de degenerado que tengas).
Dejadme deciros que si existe el paraíso, tiene que ser parecido a eso. Buena cerveza en grandes cantidades, música fiestera, mujeres guapas... No me extraña que los vikingos creyeran en Odín, si les prometía cosas así. No hay valkirias, pero ya digo que las bávaras no les van a la zaga.


Junto a nuestra mesa, había un equipo de rugbi francés (más tarde los echaron por enfadar a una de nuestras americanas -le levantaron la falda-), unos escoceses y otros americanos, por lo que pronto estábamos todos cantando y brindando. Cantamos aquello de "alcohol, alcohol, alcohol, alcohol, alcohol, hemos venido a emborracharnos, el resultado nos da igual", lo que atrajo inmediatamente la atención de unas españolas que había por allí.


Y en esas estábamos, poniéndonos hasta arriba de cerveza (excepto OKT, Aquella que Sólo Bebe Cocacola), brindando, cantando y bailando, cuando uno de los americanos de la otra mesa me preguntó que si era un puto asesino (traducido literalmente). Como para entonces ya les habíamos dicho de qué parte de España éramos me imaginé por dónde iban los tiros, así que le dije que no, y que si él -ya que era americano- dormía con una pistola debajo de la almohada. La cosa no le hizo mucha gracia y se puso a hablar más rápido y a más volumen, por lo que no le entendí nada: creo que me estaba invitando a ir a su casa en mis próximas vacaciones y tirarme a su hermana, o algo así, porque sólo le entendí algún fuck de vez en cuando. En cualquier caso, sus amigos se lo llevaron a su mesa y uno me pidio disculpas porque su colega estaba pedo. Yo le dije que muy sereno tampoco estaba y que no pasaba nada, pero cinco minutos después el individuo volvió a la carga. Para no liarla, decidí salir un rato a tomar el aire.
En la calle, había salido el sol y el frío había desaparecido. Me di una vuelta, pero el sol me deslumbró y me perdí. Estuve un rato hablando con unos andaluces que había por allí y que no habían podido encontrar un sitio para sentarse. La conversación contribuyó a desorientarme todavía más, así que tuve que volver hasta la puerta de entrada y volver a recorrer el mismo camino -pasando por la carpa Augustiner- hasta encontrar la mía. Para entonces, ya volvía a tener bastante sed, así que me dirigí a nuestra mesa. Cuando llegué, allí estaba el hijoputa de americano encarándose con Rainman (que no sabe mucho inglés, así que imagino que no le entendería ni papa). Esta vez, sus colegas se lo llevaron de la carpa, con lo que la cosa mejoró bastante cuando pudimos volver tranquilamente a nuestras cérvezas y nuestros cánticos.


A media tarde, el nivel etílico había aumentado bastante y empezaron los heridos: el Capitán Cavernícola (no sé cómo) rompió una jarra al brindar y un trozo de cristal le cortó la muñeca, por lo que tuvo que irse a que le curaran. Por suerte, la tienda de primeros auxilios estaba cerca. En un momento, nos separamos y salimos de la carpa. Ya estaba anocheciendo y parecía que la gente se iba. Nosotros vimos la torre de la carpa de Paulaner y, como polillas a una bombilla, nos sentimos irremisiblemente atraidos por ella. Allí había ya poca gente, así que no tuvimos problema para conseguir mesa. Parecía imposible que mi cuerpo pudiera tolerar más cerveza, pero al probar la Paulaner no pude menos que beberme la jarra entera y pedir otra. Deliciosa. La banda estaba tocando versiones de éxitos contemporáneos: lo mismo te tocaban AC/DC que Deep Purple que los Beatles.


Allí estuvimos hasta que nos pareció hora de irnos a casa (ya casi no quedaba gente por la feria), saciados de cerveza -aunque yo me habría tomado otra en algún bar de Munich-, cansados y doloridos (casi todos nos habíamos llevado algún golpe, y es que no es fácil bailar en un banco). El brillo de mis ojos no era sólo producto del alcohol: la felicidad también cuenta.
Volveré.

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11.11.08

En tierra cervecera III: una noche en la ópera

Nos subimos al tren y nos sentamos donde nos pareció mejor. Los billetes de tren son abiertos y puedes usarlos el día y la hora que quieras, lo que significa que lo mismo puedes ir en un vagón vacío que en uno lleno hasta los topes: a nosotros nos tocó la segunda opción. Empezó a subir gente que tenía los asientos redesalojaron a servados, lo que nos hizo temer por nuestro sitio. De hecho, bastantes de los que estaban a nuestro alrededor tuvieron que moverse. Sin embargo, tuvimos suerte y pudimos hacer las siete horas de viaje tranquilamente sentados. O casi: como era viernes, aquello estaba a reventar. Gente que se iba de fin de semana, interraíl, gente que volvía a su ciudad tras trabajar toda la semana... Por un momento, aquello pareció el camarote de los Hermanos Marx: había dos americanas sentadas en el pasillo, junto a mí, con mochilas y todo; el revisor ya había revisado todo y en ese momento se sentó -también en el pasillo- a hablar con una señora que le preguntó algo; más adelante un viejillo estaba en pie sosteniendo entre sus piernas una maleta más grande que su señora (que también estaba sentada en el pasillo). "Oh, my God!!", exclamó la americana que estaba a mi derecha. Me volví a ver qué ocurría y vi que otro viajero trataba de abrirse paso entre la marabunta, ayudado por su perro. No era uno de esos perros patada, no. Era un perro de tamaño normal, que se escurría por entre maletas y cuerpos, tirando de la correa y dando algún susto. El revisor no le dio importancia: es más, le hizo gracia y se echó a reir. Los americanos (había unos cuantos) miraban con asombro, otros con mala leche, algunos con miedo; la mayoría nos lo tomamos a risa. Un tipo con pelo rizado sacó una bocina de su bolsillo y la tocó, moc, moc. Si hubiera pasado un camarero con el carrito de las bebidas habría sido completo. Lástima que no lo grabé en video.
Entre una cosa y otra, llegamos a Munich y nos fuimos en busca del hostal. Resultó ser una casa con las habitaciones llenas de literas y con camastros por cualquier rincón disponible para meter más gente. Un poco lo mismo que se hace en Pamplona a los guiris que vienen a Sanfermines (no en vano, el tío que nos recibió dijo que tenía algo parecido en Donosti, así que...). Escogimos una cama cada uno y nos fuimos de allí cuanto antes.
Cenamos en un sitio con camareras vestidas de tirolesas. Lo peor era que estábamos en la terraza y hacía bastante frío, pero la cerveza y las salchichas ayudaron. Al encargar las cervezas OKT pidió una cocacola, como siempre, pero la camarera le dijo que allí no servían eso.
-Bueno, pues una cerveza pequeña.
-¿Medio litro?
-No, no, más pequeña.
-No tenemos nada más pequeño -reveló la guapa camarera, casi burlándose. Qué maja. Tendría que haber más sitios así.
Tras la cena, nos paseamos por Munich, ciudad que también merece la pena visitar aunque no sea en octubre. Vimos el ayuntamiento (también tenía un reloj con muñecos, pero no llegamos a verlo en funcionamiento), la ópera y la cervecería más grande del mundo (Hofbräuhaus: no os la perdáis), llena de gente cantando, tiroleses, gente tocando campanillas, enormes jarras de cerveza y muy buen ambiente. Entramos también a un Hard Rock Café, a ver un raído traje de Elvis y a comprobar que la medida mínima también era medio litro. No quisimos tentar a la suerte y nos reservamos para el día siguiente.

Al llegar al hostal, un enorme alemán había ocupado la cama de Rainman -llamado así por su velocidad resolviendo sudokus, cercana a la de la erosión-. Tratamos de despertarlo para que desalojara pero el tío ni se enteró, cosa previsible dado que estaba en la cama con los vaqueros y las botas puestas: el tío llegó tan jodido que se durmió allí donde cayó. Rainman se tuvo que buscar una cama en otra habitación, lo que le libró de escuchar los ronquidos del alemán. A mí no me impidió dormir, pero hubo varios que no pegaron ojo.

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31.10.08

En tierra cervecera II: Let it Be

Me desperté pronto, ya que la habitación no tenía persianas y entraba bastante luz. Estuve un rato tratando de averiguar qué hora era con el campanario ese de la noche anterior, pero me quedé igual. Eso sí, me fijé en que en las dos camas vacías había dos bultos. Uno de ellos, una china (o japonesa, no me fijé si llevaba cámara de fotos), se levantó bastante temprano y se largó. El otro era un montón de pelo rubio tumbado bocabajo que no se movió hasta que empezamos a despertarnos y meter ruido, por lo que no le quedó más remedio que levantarse también. Y era una alemana (bastante guapa, por cierto).
Tras desayunar, nos pusimos en marcha: pasando por el jardín botánico, nos paseamos por la orilla del Moldava y lo cruzamos en busca de una colina con una torre Eiffel en miniatura. Quienes subimos andando la colina sacamos el frío rápidamente. En la cima, había un laberinto de espejos al que entramos. Resultó un poco fraude, porque no era ni laberinto ni nada: sólo un pasillo con paredes y techo de espejos. No había forma de perderse por allí. Eso sí, los espejos deformantes que había al final estaban bien: no está de más saber qué pinta tendríamos con unos cuantos kilos/centímetros/ojos más (o menos). La pequeña torre Eiffel la construyeron para estar a la misma altura (contando la colina de debajo) que la de París, lo que significa que desde la punta puedes asomarte y, una vez que superas el hecho de que se esté moviendo, ver toda Praga desde el aire.
Tras bajar los escalones y la colina, estábamos otra vez junto al Moldava. En un mapa que mangué en el hostal aparecía algo llamado la pared de John Lennon que no estaba muy lejos, así que me empeñé en buscarlo. No lo encontré y nos fuimos a comer antes de que alguien me diera una patada. Con la tripa llena y los ánimos calmados, accedieron a dejarme un último intento de encontrar la pared. Con la promesa, eso sí, de que si era una mierda me darían una paliza. Esta vez hubo suerte y la pared apareció: era un muro con un busto de John Lennon en el que la gente hace pintadas que nadie borra. Había allí perlas de sabiduría, chistes, mensajes de paz y amor y luego lo que escribían los españoles y los italianos ("aquí estuvo Pepe", "pisa mierda"...). Yo también dejé mi mensajito, claro. Iba a poner una foto mía pintando, pero todavía estoy esperando a que me pasen el resto de imágenes, así que pongo la de una tía que no conozco.

De allí subimos hasta el castillo de Praga: vimos el cambio de guardia (siempre he pensado que ser uno de esos guardias tiene que ser el peor curro del mundo, aguantando impasible a miles de imbéciles que se sacan fotos, muertos de risa, junto a ti. A mí me expulsarían el primer día por dar un culatazo a alguien) y nos paseamos por los patios. Dejamos para otro día la visita al interior, ya que cerraban en poco tiempo, y nos fuimos a tomar una Guinness a un bar irlandés, que ya llevábamos un buen rato sin probar zumo de cebada.

Cruzamos el Moldava por el famoso puente de Carlos (hasta en pelis porno sale), lleno de estatuas y puestos de venta ambulante. Había allí un tipo que interpretaba a Dvorak con copas de agua que sonaban espectacularmente: no quiero ni pensar la de horas que habrá tenido que meter hasta lograr eso. Volvimos a pasar por el reloj y a intentar descifar el significado de sus esferas. Sin éxito, claro. ¿Quién va a pensar que da la hora babilónica?
Esa noche cenamos en el U Fleku, un bar que elabora su propia cerveza. Sin preguntar nada, nos pusieron allí unas jarras de su cerveza, que es realmente buena. Los camareros son, probablemente, los más bordes del mundo, pero vale la pena ir por probar la cerveza. También tenían un queso a la cerveza que a mí me encantó (aunque hay que decir que en esto hubo división de opiniones). Además, había un par de tíos tocando la acordeón y el trombón. Curiosamente, en la mesa que teníamos detrás había un grupo de murcianos y pronto todo el comedor supo que éramos españoles (sobre todo cuando los músicos tocaron Clavelitos). Eso sí, si alguna vez vais no se os ocurra beber unos chupitos que llevan a la mesa: aparte de inflar bastante la cuenta, son malísimos.
Tras la cena, las chicas se fueron a dormir y los chicos nos quedamos un rato de juerga. Estuvimos hablando con un alemán que prometió cortar el pelo del Capitán Cavernícola la próxima vez que lo vea. CC aceptó el reto, convencido de que no lo verá nunca. Lo que no sabe es que me cogí su número de teléfono para llamarle cuando viajemos a Alemania, jejeje. También entramos a un garito en el que, según la guía, se reunían todos los jevis y moteros de Chequia. Resultó ser un antro apestoso en el que ponían ese rap de gangsters negros. Tenía un futbolín, eso sí. Nos fuimos cuando un tipo cogió el micro y comenzó a cantar. Esa noche averiguamos que en el hostal cambiaban el código de las habitaciones todos los días: por suerte, las chicas habían hablado con la alemana de la habitación y nos habían enviado la nueva clave.
Nos fuimos a dormir sin que nos cundiera mucho la noche, pero pensando que la día siguiente salíamos para Munich y allí nos desquitaríamos.

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9.10.08

En tierra cervecera I: el golem

Bueno, ya he vuelto vivo de la Oktoberfest, así que lo justo es que ahora os vaya soltando un rollo de todo el viaje. En realidad volví el sábado pasado, pero tenía que poner en orden mis notas, mis pensamientos y mi percepción de la realidad (aquí el sistema social no se basa en la cerveza), así que hasta hoy no he podido empezar. Ahí va el primer día:

Tras pasar la noche en el aeropuerto de Barcelona, subimos al avión que nos llevaría a Praga. Lo primero que deseaba contemplar eran los Alpes, ya que teníamos que sobrevolarlos, pero o bien la cantidad de algodonosas nubes que había me taparon la vista o me despisté leyendo mi libro y no me enteré. Por lo demás, llegamos a la ciudad de Kafka sin más contratiempo que algún arañazo de un niño que andaba correteando por el pasillo. Sin mostrar identificación alguna, nos adentramos en la capital de la República Checa, en busca de nuestro hostal.
Las calles de Praga parecen sacadas de una vieja película de espías en plena guerra fría. Por unos instantes, creí ver a un tipo con sombrero observándonos, pero fue una falsa alarma: pronto siguió leyendo su periódico mientras caminaba detrás de nosotros. La puerta del hostal daba mala espina: parecía a punto de salirse de sus goznes, gemía y era bastante baja. Sin embargo, la recepcionista que nos recibió no sólo no era baja ni gemía sino que era muy guapa y simpática. Nos instaló en una habitación a los 6 (después de que nos cargáramos el código de la cerradura a base de introducirlo mal un número de veces no inferior a 14. El número 8231 era, pero no le dábamos a la estrella después) y nos dio las típicas instrucciones: no arméis jaleo, no os metáis en la cama de otros, no corráis desnudos por el jardín, el desayuno se sirve a las 8... Lo típico.

Como, entre pitos y flautas, ya era media tarde, nos fuimos a comer a una pizzería cercana. Allí descubrimos varias cosas:
- Aunque vayas a comer, lo primero que te preguntan es cuántas cervezas quieres beber. La medida mínima es la jarra de medio litro de Staropramen o Pilsner Urquel y viene a costar como una caña asquerosa en un bar español.
- La gente de Praga es simpática y la mayoría hablan inglés, lo cual es muy de agradecer por que el checo es bastante raro, todo lleno de consonantes. Fijaos que para decir sí dicen "no". Eso me hizo más simpático a los ojos de mis compañeros, ya que siempre contesto que no cuando me piden algo.
- Una de nuestras compañeras de viaje confesó que no le gusta la cerveza, por lo que allí mismo comenzó su calvario particular. Seguro que los alemanes tienen un nombre para una persona que va a la fiesta de la cerveza y no le gusta el dorado elemento: oktoberfestenkokakolatrinker o algo así. Para abreviar, la llamaré OKT. Durante todo el viaje tuvo que aguantar mis burlas al respecto, claro. Aunque eso debieron habérselo avisado antes de salir de Pamplona.
Una vez saciada nuestra hambre y nuestra sed, nos fuimos en busca de la estación de trenes, a coger los billetes para Munich. Ya sabéis que las estaciones de tren suelen estar en la parte más sórdida de la ciudad. Pues la de Praga está junto al museo nacional y la Ópera (ese día estaban representando Tosca), cosa que no la convierte en una excepción: para llegar hay que atravesar unos sórdidos pasos subterráneos y la estación tiene pinta de estar permanentemente en obras. Allí cogimos los billetes mientras un gitano borracho trataba de colarse musitando alguna excusa en checo. Tuvo la desgracia de colarse en la ventanilla en la que nosotros estábamos y le tocó esperar más tiempo que si hubiera esperado su turno en cualquier otra, pero se salió con la suya.
Ya con los billetes, nos metimos en la zona turística, en busca de un reloj a cuyo constructor quemaron los ojos para que no pudiera hacer nada parecido. O eso decía la guía. A pesar de tener tres mapas distintos, pronto estuvimos dando vueltas en círculo (alrededor de la bonita torre de la pólvora). Preguntamos a una amable checa que nos acompañó hasta la plaza en cuestión -aunque no se dirigía allí-. El reloj era bonito, aunque enigmático: no marcaba la hora sino el signo del zodiaco, las estaciones del año y alguna otra cosa que no alcancé a comprender. A mi vuelta he leído que indica la posición y el movimiento de los cuerpos celestes con relación a Praga, además de la hora babilónica (sea lo que sea eso). Otras esferas normales dan la hora, pero no llaman tanto la atención. Desde luego, es el lugar más visitado de Praga: siempre hay gente sacando fotos a las esferas o esperando a que llegue la hora de que el mecanismo se ponga en marcha y la muerte toque la campana mientras los apóstoles se asoman por las ventanas.
Con tanta vuelta, se hizo la hora de cenar y nos fuimos a un sitio en el que, según una guía, la cena se acompañaba de folklore checo. No encontramos ningún folklore, pero si unas raciones enormes: dos jarras de cerveza necesité para terminar algo llamado "felicidad ahumada". Ya con el estómago (muy) lleno, volvimos paseando hasta el hostal. Lo mejor de Praga es que, aunque hay metro, tranvías y autobuses, se puede recorrer paseando. Se debe, diría yo, pues cualquier calle es un hervidero de gente y en cada esquina puedes encontrar un rincón encantador, un acogedor bar en el que tomar otra cerveza o un golem. Lástima que hacía bastante frío.

En el hostal, nos fuimos rápidamente a la cama. Yo, que no tengo reloj, oía un campanario de vez en cuando, pero también debía de marcar la hora babilónica, porque lo mismo le daba tocar tres campanadas que quince. Y además tenía dos tonos distintos, por lo que me dormí sin saber a qué hora (quizá eran las 13,4 en Babilonia).

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24.9.08

Guía cervecera II: final

Acabo de leer dos datos sobre la Oktoberfest (dentro de unas horas salgo para allá): uno, que el Bayern de Munich casi nunca pierde el partido que juega en esas fechas (en 72 años ha perdido sólo 7 aunque, de hecho, este año ha caído) y celebran la victoria regándose de cerveza -con semejante prima, cualquiera pierde-; y el segundo, que un ministro bávaro ha dicho que conducir con dos jarras de cerveza no es ningún problema siempre que las hayas bebido apaciblemente y en una carpa. Esto le ha puesto en contra de todos, claro, porque las jarras de las carpas tienen un litro cada una.

Pero sigamos con nuestra guía:

2) Temperatura:
Esto también depende de cada uno -unas veces apetece que esté más fría que otras- pero, en general, mi recomendación es que cuanto peor sea la cerveza más fría te la tomes. El frío anestesia la lengua y no notas tanto el desagradable sabor: por eso no se descarta ninguna marca como cerveza de batalla (suelen salir bastante heladas de la caña). A todos nos ha pasado que el final de un katxi de Á*****, ya caliente, tiene gusto a meada de gato. Curiosamente, en Londres me preguntaron si quería mi Guinness de la caña helada o de la de temperatura normal. Si os ocurre, ya sabéis: la normal. Una cerveza buena soporta ser tomada a tempertura ambiente.

[Nota al margen: cuidado al abrir el botellín. Este verano me hice un tajo en la palma de la mano abriendo una Grimberger y luego noté el gusto metálico de la sangre al tomarla (además del dolor, claro)]

3) Recipiente:
En las de batalla no es importante: hay quien prefiere vasos largos, quien opta por los anchos y quien sólo bebe del botellín. Coge lo que te sea más cómodo. Excepto beber directamente de la lata: sólo hay que hacerlo si no tienes ninguna otra cosa que pueda servirte (los zapatos son mejor opción si no has estado todo el día caminando). El plástico también es aceptable, aunque no recomendable -hay lugares en los que es la única opción. Paciencia-.
Para el resto de cervezas, yo suelo hacer caso del fabricante: los vasos que vienen en los packs que compras en el súper suelen ser adecuados. Ya sabes: largos y de morro ancho para las de trigo, cálices para las de abadía... Ya sé que no vamos a ir comprando un pack con vaso cada vez que queramos probar una cerveza, pero sirve como referencia. Y, en cualquier caso, es cuestión de ir probando hasta ver cuál le va mejor. No, no es lo mismo: no se olfatea igual de un cáliz que de un vaso estrecho ni se aprecia igual el color en una jarra de cerámica que en un vaso de cristal.
Observaréis que, en algunos bares, ponen los vasos helados: pues allá cada cual. Según la calidad de la cerveza y las ganas que tengas de sentir hielo en los morros, tú decides.

4) Servicio:
En esto no hay discusión: no hay nada como una Guinness que te pongan en un irlandés o una Grimberger en un belga. El que sabe sabe. Aunque la lata de Guinness consigue un resultado bastante aceptable con la bolica, no es lo mismo que la de caña si está bien tirada. Si podéis tomar una cerveza de caña puesta por alguien que sepa hacerlo, no lo dudéis.
Pero, por supuesto, en casa no tenemos esa posibilidad. Es cuestión de tratar de hacer lo mismo con nuestro botellín o nuestra lata: con la práctica, se pueden lograr resultados bastante buenos.
Un error frecuente suele ser tratar de evitar que salga espuma. NO. La espuma no es mala (y si lo es bajará rápidamente, tranquilos). Hay que tener cuidado para que no se os vaya por encima del vaso, pero hay que dejar que la cosa siga su curso natural: jamás la tiréis por la fregadera si se os sale demasiado. Es mejor esperar. Un truquillo para las de trigo, que suele ser en las que ocurre eso: si mojáis el vaso antes en agua fresca, saldrá mucha menos espuma (y no helará demasiado la cerveza, tranquilos).

5) Trago:
Llegados a este punto, nos queda lo mejor: beber la cerveza. Como norma, cuanto mejor sea, más conviene contemplarla, olerla y saborearla para captar los matices. En las de refresco se permite beber un primer trago rápido, ya que se supone que tenemos la garganta seca. Tendremos tiempo para saborear una vez satisfecha nuestra sed. A mí me gusta buscar los aromas y sabores que leo en la botella cuando me tomo la cerveza. La disfrutaréis niveles con los que los meros aficionados sólo pueden soñar.

Y aquí termina mi guía. Recordad que son simplemente recomendaciones (excepto lo de no beber en lata: eso es una orden) para disfrutar más del elixir de los dioses. Cada uno tiene sus gustos y pueden diferir de los míos: con el tiempo iréis conociendo vuestras preferencias y no habrá cerveza que se os resista. ¡Salud!

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23.9.08

Guía cervecera I: clasificación

Ya ha terminado el veranico, empieza a hacer fresco y las féminas se ponen más ropa para salir a la calle, así que no me queda más remedio que refugiarme en mi blog a aburrir al personal. Y no es que en verano me dedique a ir por la calle observando escotes, espaldas y piernas, ¿eh? Lo de refugiarme lo decía por la falta de calor.
Y en esta primera entrada del otoño voy a hablar, sí, de cerveza. Jamás lo habríais adivinado, ¿eh? Pero esta vez la excusa es buena: tras el fracasado intento del año pasado, por fin, este 2008, voy a visitar Munich en plena Oktoberfest. Ya hace unos fines de semana que he abandonado el ron para ir acostumbrando al cuerpo a beber sólo cerveza y hoy me pondré a buscar consejos para guiris, no vaya a ser que el primer día la líe y me expulsen del país. En realidad, vamos también a Praga y algún otro lugar menor, pero lo bueno es Munich, donde probaré por fin la auténtica cerveza de octubre. Ya os contaré.

Y, para que no parezca que lo único que quiero es dar envidia, os añado una guía para los novatos en esto de saborear la cerveza. Pero antes, un poco de música cervecera.

1) Tipos de cerveza
Encontraréis por ahí muchas clasificaciones: según el color, la cantidad de alcohol, el origen, el sabor... Todas valen, así que yo voy a dar la mía, que es según su uso:

- Cerveza de batalla: son las cervezas que bebes una noche de juerga, en un concierto, en sanfermines. Su fin último es emborracharte -pero no demasiado; si no, beberíamos cubatas- o, al menos, no dejar que tu boca se seque en ningún momento. Como vamos a beber varios litros, no es necesario que sea una cerveza excesivamente buena: valen las cañas que haya en la barra correspondiente. Ya sabéis: San Miguel, Estrella, Mahou... Yo he llegado a tragar incluso la que empieza por H y la que empieza por A (habituales en las cañas) en noches de ésas.

- Cervezas de refresco: son las que disfrutas después de haber hecho deporte o, simplemente, una calurosa tarde de agosto. Muchas de estas cervezas se suelen servir con un limón en su interior, cosa que ya indica su cometido (ya sabéis: contra la sed, piña-fresa-limón. Contra el calor, Frigo). Hablo de las Franziskaner, Paulaner... Las de trigo son perfectas para esto, aunque también me vale la Coronita. Este verano iba casi todas las tardes con uno de mi pueblo a jugar un partido de pelota y después nos trincábamos unas Pacas que nos sabían a gloria (con la satisfacción añadida de haber hecho algo bueno para el cuerpo antes).

- Cervezas de acompañamiento: son las que saboreas desde antes de abrir la botella. Meto aquí las cervezas de abadía, la mayoría de las de alto contenido alcohólico y todas aquellas que, al probarlas, sientes que están por encima de las demás. Demasiada categoría como para sólo emborracharte o quitarte la sed. Las usas para ver una buena película, o escuchar un disco que te acabas de bajar, o ver la final de la Copa de Europa, o después de una buena cena para soltarte la lengua en la sobremesa. Es decir, que son para beberlas despacio y aumentar el gozo de la actividad a la que acompañan. La de películas que habré visto yo con una Optimo Bruno y un buen plato de queso. Slurp.

- Guinness: categoría aparte, porque no sabía dónde meterla. La he probado en las tres categorías y en todas cumple su función: me ha emborrachado, refrescado y acompañado sin ningún problema.

Lo bueno de esta clasificación es que puedes meter en cada categoría las cervezas que quieras: hay gente que bebe Judas los sábados por la noche, gente que considera un manjar la Budweisser... Yo mismo voy a usar en breve las cervezas de octubre (que, intuyo, serían de acompañamiento) como cervezas de batalla. Así que allá cada cual: yo sólo os he dado las pautas.
Y así termina la primera parte de este interesante reportaje: mañana continuaré con el modo de servir cualquier cerveza. Os dejo aquí una foto de la cerveza verde que bebí en Londres. Tendría que haberla incluido en su sitio, pero no la tenía por aquel entonces.

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22.6.08

La copa de la vida

Tras la eliminación de Holanda y Portugal -dos de los tres equipos que mejor jugaban y máximos aspirantes- de la Eurocopa, ya no queda casi nadie (ni aquí ni en el extranjero) que dude que España se la va a traer. Lo que me extraña es que no se la hayan dado ya y tengan que jugar otros tres partidos que no van a ser más que un mero trámite. Será por no perder el dinero de las taquillas, porque ya digo que la cosa está más que clara.

Yo, de todos modos, me he tomado una cerveza a su salud esta tarde: ¿para qué esperar una semana?
La que se vislumbra en la foto es la Grimbergen Cueva del ermitaño (Cuvee de l'ermitage). Esta vez no hay historias de la abadía de Grimbergen, porque esta cerveza no era originalmente de la familia: la cervecera que hace las otras la compró y le puso el nombre y el escudo, pero es una hermanastra de la Optimo Bruno y compañía. Eso sí, lo de hermanastra no lo digo en sentido peyorativo, pues no desmerece para nada a las otras.
Como veis, han añadido el escudo de Grimbergen al ermitaño de la etiqueta original y tan contentos. Pero vamos a lo importante, porque esta copa realmente me ha devuelto a la vida: estaba hoy bastante renqueante y sus siete grados y medio me han dejado como nuevo. De color marrón oscuro, los aromas a fruta no pasan desapercibidos y, al probarla, tu lengua no deja de pedir que continúe ese saborcillo dulce. No llega a empalagar, pues al final se nota cierto amargor que la convierte en otra de mis cervezas favoritas. Perfecta para acompañarla con unos trozos de queso fuerte (esto lo digo porque lo he hecho yo y me ha sabido muy buena, pero es cuestión de experimentar).
No es una cerveza fácil de encontrar aparece y desaparece de los supermercados con suma facilidad, así que si la veis no perdáis el tiempo y compradla en seguida, que puede que al día siguiente ya sea tarde.
La verdad es que tanto ésta como la Radieuse ya las había probado y me encantan, así que estaba claro que iba a hablar bien de ellas. En el futuro ya me arriesgaré a comprar alguna que no haya probado, aunque ya advierto que es difícil que no me guste.

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7.6.08

Radiante

Estos días hay una gran variedad de cervezas en el Leclerc, así que me aprovisioné bastante bien y tengo unas cuantas catas para poner aquí. Vamos a empezar fuerte, con una de mis cervezas favoritas: la Leffe Radieuse.

La abadía norbertina de Nuestra Señora de Leffe está en Bélgica, justo donde el río Leffe desemboca en el Meuse. Se fundó en 1152 y pronto comenzaron a elaborar su propia cerveza. No os voy a cansar con detalles históricos (inundaciones, peste, guerras y otros desastres). Baste saber que en 1952 firmaron un pionero acuerdo con una destilería, naciendo la primera cerveza de abadía tal y como las conocemos. Aunque ya no se ocupan de su preparación la abadía sigue ganando dinero con la cerveza, ya que la receta es suya.
Pero vamos a lo que vamos: lo suyo es tener una copa tipo caliz para verter la cerveza en él. Si es del tamaño adecuado, los 33 cl entrarán perfectamente, con una hermosa capa de espuma coronándolos. Veremos entonces que es una cerveza tostada, de color oscuro. Si la acercamos a la nariz, notaremos cierto olor a frutas. Al llevarla a la boca se confirma lo percibido por la nariz, además de los 8,2º de alcohol.
Como ya he dicho, una de mis cervezas favoritas, a la altura de las mejores. Perfecta para saborear después de una buena cena, mientras ves una peli (preferiblemente buena, también). Con cuidado, eso sí, que el alcohol se hace notar pronto. No es muy fácil de encontrar: no la tienen en muchos bares e incluso en grandes superficies no está siempre disponible, pero si alguna vez la tenéis a tiro no lo dudéis ni un segundo. No os arrepentiréis.
Y si no, siempre podéis consolaros y salibar visitando la página de Leffe, muy bien hecha y donde podréis ver detalles sobre la abadía y, lo que es más importante, sobre las distintas cervezas: datos sobre los sabores y olores (la fruta de la Radieuse es banana, al parecer), cómo servirlas, con qué acompañarlas... Por si no teníais bastantes ganas de probarla todavía.

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7.12.06

La cerveza que empieza por B

Hace un par de semanas, la casa Budweisser llamó al Ayuntamiento de Pamplona. Querían rodar un anuncio para emitir en el intermedio de la Superbowl: su intención era montar un encierro en pleno diciembre, con toros, mu, y corredores vestidos de pamplonica y todo lo que se ve en la tele (excepto los borrachos que han estado toda la noche bebiendo, supongo. Aunque seguro que algún profesional dispuesto habría).
No ha trascendido la cantidad que ofrecieron para realizarlo, pero seguro que fue una pasta. En cualquier caso, el ayuntamiento se negó rotundamente, diciendo que el encierro no se vende y que no debe usarse comercialmente, y los de Budweisser han dicho que ellos se lo pierden, que lo rodarán en Méjico por menos dinero.
Ahora vendría una perorata a favor o en contra del ayuntamiento. Normalmente en contra, porque la alcaldesa es farmacéutica e imbécil y a menudo la lía. Sin embargo, la gente no ha tardado en opinar al respecto y no tendría sentido copiar la opinión de otro.
Por un lado, están los directamente implicados: la mayoría de los corredores estarían dispuestos a correr en diciembre a pesar del frío. Sobre todo los divinos -así los llaman-, que son los que supuestamente mejor saben correr (y a los que más les gusta salir en la tele y las fotos); están también la policía y los servicios de asistencia médica, que dicen que si se lo mandan no les importa acudir a un encierro por mucho frío que haga y que con menos gente y, sobre todo, menos borrachos, seguramente tendrían menos trabajo; los municipales no están muy por la labor, porque se provocaría bastante caos al tener que cortar varias calles para rodar el anuncio; Está también uno de los tíos que montan el vallado, que directamente ha dicho que pasa del asunto, que montar y desmontar todo el tinglado para un puto anuncio es mucho trabajo; a los toros nadie les ha preguntado nada, pero no creo que les importe echarse una carrerita para luego volver a su dehesa a descansar.
Por otro lado, hay opiniones de acuerdo con el ayuntamiento. Por supuesto, hay gente que estaría a favor de la alcaldesa aunque decidiera hacer concejal a su perro, pero esos no cuentan. Los Pamploneses de Toda la Vida (PTV se llaman a sí mismos) piensan que no hay que venderse por mucho dinero que den los cerveceros: lo último que necesitan los sanfermines es más americanos intentando venir a correr el encierro con una cámara en la gorra. Además, no se puede vender la esencia de una fiesta tradicional y bla, bla, bla; los ecologistas también se alegran de que no se vaya a hacer correr a los toros en pleno diciembre, que con tanto frío no puede ser bueno. Ya de paso, piden, que se eliminen del programa de fiestas también; otros dicen que han hecho bien, que a los americanos no hay que darles nada, pidan lo que pidan y por mucho dinero que tengan.
En el último lado del triángulo están las opiniones críticas con el ayuntamiento. Por supuesto, hay gente que estaría en contra de la alcaldesa aunque lograra que un excéntrico millonario pagara los regalos de navidad de todos los pamploneses, pero esos no cuentan. Muchos dicen que es una aldeanada querer quedarse el encierro sólo para ellos. La Superbowl sería un escaparate perfecto para publicitar las fiestas, la ciudad y toda la Comunidad Foral en el mundo entero, pues millones de personas estarían viéndolo. Además, no sólo no costaría un duro sino que encima cobraríamos y bla, bla, bla; los hosteleros piensan que un anuncio ahí atraería más turismo a las fiestas (y más dinero a sus bolsillos); otros dicen que muy mal, que en estos tiempos no se puede desperdiciar el dinero, sea mucho o poco.
El caso es que todos tienen parte de razón: es una aldeanada negarse, pero el encierro en sí es una aldeanada heredada de nuestros tatarabuelos -algunos hasta con boina corren-. El anuncio sería una buena publicidad en (supongo yo) la franja publicitaria más cara del mundo y cobrarían por él, pero sería publicidad del encierro y, por extensión, de las fiestas. No de la ciudad ni de Navarra, como dicen. Y no sé yo hasta que punto es bueno asociar el encierro con cerveza, cuando lo que más cuesta evitar es que entre gente mamada a correr. A los ecologistas, hosteleros, peseteros y antiamericanos no les hago mucho caso: los he metido arriba sólo por hacer bulto. También es bonita la idea de no querer comercializar el encierro y todo eso, pero es que ya se comercializa: anda que no hay figuritas y cosas a la venta con la imagen del encierro -es más, ya ha habido anuncios en los que se simulan encierros (aunque no se han rodado aquí, eso sí)-. Y, de todos modos, rodado en Méjico o aquí, todo el mundo va a asociarlo con el encierro de Pamplona y sólo los que lo conozcan notarán que no son las calles auténticas. El dinero nunca viene mal pero no creo que, por mucho que pueda pagar Budweisser, vaya a representar mucho en relación al presupuesto de una ciudad como Pamplona.
Así pues, hay que buscar otros argumentos para decidir el asunto. Como de costumbre, mi mente preclara no ha tardado en dar con la solución. Hace ya tiempo, alguien en el foro de Blind Guardian abrió un tema titulado "La mejor cerveza del mundo" al que entré rápidamente. Tratándose de un foro lleno de alemanes supuse que algo sabrían sobre cerveza. Y así fue: allí descubrí unas cuantas buenas cervezas que no conocía. Pero también se discutió sobre cuál era la peor cerveza del mundo. Suele pasar: cuando se habla sobre "cuál es tu X preferida" (para X=cualquier cosa), inevitablemente alguien dice lo de "cualquiera menos..." También es útil saber cuáles son las peores cervezas del mundo, no vayamos a probarlas y llevarnos un disgusto. Por si a alguien le interesa, las más votadas fueron Heineken y Budweisser (yo aporté la Águila, por si alguno de ellos pensaba pasarse por España. Si aún no habéis tenido el disgusto, no bebáis ninguna de las tres). También llegamos a la conclusión de que -y con el vino ocurre lo mismo- hay que desconfiar de una cerveza cuya botella diga que hay que servir muy fría: eso es porque son asquerosas y el frío adormece le lengua y enmascara el (mal) sabor. Aunque en verano refresquen lo suyo.
En fin, que ya puestos a vender el encierro al menos habría que hacerlo a una marca de prestigio, no al primer mindundi que venga con un maletín lleno de dólares. Si la cerveza del anuncio fuera Grimbergen ni me lo pensaría (ni pediría dinero: con un suministro de por vida me conformo, les diría). Pero asociar cualquier imagen a la de una de las peores cervezas del mundo... Por una vez, la alcaldesa ha acertado en su decisión. Aunque sea por motivos erróneos.

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25.9.06

Oktoberfest

Tarde o temprano llegará el día en el que viaje a Munich a la Oktoberfest. A pesar de su nombre, no se celebra en octubre. Hace una semana leí en el periódico que ya había empezado. Termina a comienzos de octubre, así que supongo que de ahí viene su nombre. Todos sabéis qué es: un sitio al que vas a ponerte tibio a cerveza, servida -por unas rubias teutonas- en unas bonitas jarras con capacidad para, al menos, un litro. Lo más parecido al paraíso, vamos. Hace tiempo que tengo el firme propósito de acudir alguna vez a semejante Valhalla.
De momento, me tengo que conformar con lo que hay por aquí. O por allí. Ayer me trajeron de Alemania una Paulaner Oktoberfest Bier -se supone que la hacen para la fiesta, pero ésta la comercializan todo el año-. No de la Oktoberfest, sino del supermercado, pero da igual. No me ha durado ni 24 horas en el frigorífico, así que paso a la cata.
Lo primero que se aprecia es el color: dorado muy brillante, casi naranja. Color otoño, como la temporada a la que pertenece. La espuma es compacta (aunque no muy duradera). El aroma es dulce y penetrante: dan ganas de quedarse oliéndolo un buen rato.
Cosa que no he hecho, evidentemente: las cervezas son para beberlas. Lo primero que sorprende del sabor es que es una cerveza de cebada -la Paulaner normal es una cerveza turbia de trigo-. Esto ya se intuía por el color, pero lo aclaro para los profanos. Dulce y refrescante, se bebe prácticamente sola, pues no es nada densa. Lo que no significa que no tenga cuerpo, claro. La verdad es que el medio litro se hace corto, porque cada trago sabe mejor que el anterior. Como además me había puesto la música adecuada a tan importante evento, pues casi me pongo a bailar encima de la mesa. Luego he recordado que no estaba en Munich y ninguna rubia iba a subirse conmigo ni a traerme otra jarra de Paulaner, así que he apurado las últimas gotas casi con lágrimas en los ojos. El medio litro sabe a poco: sin mucho empeño me podría beber litros y litros de tan mágico brebaje.

Veredicto (ja, como si no lo supierais): ya está en mi top 5 de cervezas.
Se busca gente para ir el año que viene a la Oktoberfest.
¡Y viva San Francisco de Paula!

PD: sólo tiene 6 gradicos, así que todo lo anterior no es producto de una borrachera.

En la mía sólo pone Oktoberfest Bier, pero el dibujo es el mismo.

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4.4.06

Vitamina G

Homer Simpson, el gran pensador del s XX, dijo una vez: "Las mujeres son como las cervezas: huelen bien, saben bien y pisotearías a tu padre por conseguir una. Pero cuando la tienes no puedes parar y tienes que probarlas todas." O algo así. Que me perdone si lo he citado mal. Se capta la idea, ¿no?
No voy a hablar de mujeres -quizá otro día-, sino de cervezas. Como estoy en el paro, viviendo de las rentas, uno de mis pasatiempos es la buena vida: película con un cáliz de Optimo Bruno (nótese que es la dirección de esta página), libro con una Guinness... Así que he decidido que los profanos en el asunto deben aprender a beber una cerveza como Arthur Guinness manda. Y qué mejor néctar para empezar que ella: la cerveza para las tardes de invierno, el café irlandés, la de la espuma cremosa, la más oscura del mundo, la vitamina G, la que da nombre al libro de los records... Estoy hablando, por si alguien no ha pillado las pistas, de Guinness, ese líquido oscuro que aparece en los vasos de las películas británicas cuando los personajes entran a algún local a refrescar el gaznate. Y una de mis preferidas; ¿se me nota?
Bien. Antes de empezar a beber hay que tirarla -al vaso, no al suelo-. Todos habéis visto cómo son los típicos vasos de Guinness, más anchos arriba que abajo (para disfrutar más del aroma). Si la tomáis en un bar con caña, tardarán un rato en servirla porque tienen que dejarla reposar según el ritual: desconfiad si pedís una Guinness y el vaso tarda menos de cinco minutos en aparecer ante vuestros ojos. En caso de que os la toméis en casa -es lo que estoy haciendo en este momento-, podéis tener una botella o una lata. Da igual: ambas tienen un mecanismo consistente en un plástico que flota en el líquido y que hace que la espuma salga cremosa como la de la caña. No cometáis el error de echarla de un golpe y desde muy arriba, porque el mecanismo no habrá servido para nada. Hay que echarla con algo de cuidado (tampoco excesivo, porque queremos espuma) al borde del vaso. Ahí ya empezaréis a disfrutar con el sonido que hace al caer. No olvidéis ir enderezando el vaso conforme se va llenando, porque si no se os caerá la cerveza al suelo. Y eso debería estar penado por la ley.
Si lo habéis hecho bien (y, si no, es cuestión de práctica. No os desaniméis), tendréis un vaso lleno hasta el borde y con uno o dos dedos de espuma blanca y cremosa como la de un café. Podéis dibujar tréboles o lo que queráis en la espuma si os apetece. Cuidado: no hay que empezar a beber. Si observáis el contenido, veréis que más que una cerveza parece una de esas lámparas de lava. Hay que dejarla reposar hasta que se quede negra como el corazón de un político. Mientras tanto, ya estáis disfrutando con la vista, viendo como va subiendo la cosa y adquiriendo su color.








¿Ya? Ahora debería tener este aspecto.
¿Sí? Pues podéis cogerla y acercarla a vuestros labios. Antes de probarla, su aroma os golpeará en las narices y sentiréis la espuma en vuestros labios. Notaréis el frescor en la boca y, por último, su sabor. En la página dicen que tras un gusto inicial a malta y caramelo, termina con un amargor tostado y seco. A mí me sabe a madera de barco. No es que me coma todos los días un galeón pirata, pero supongo que sabría así. En cualquier caso, como ya os la estáis trincando, no es necesario que os diga a qué sabe: tragad y disfrutad. Y no apartéis la espuma.
¿Habéis terminado? ¿Toda? Muy bien, así me gusta. Habéis de saber que en este rato vuestros cinco sentidos han gozado de lo mejor que las islas británicas han aportado a la humanidad. No olvidéis limpiaros el labio superior, que seguro que tenéis un bigote blanco. Esto de los cinco sentidos lo digo porque el otro día se lo comenté a uno de mi pueblo y me miró como a un lunático. Pues ahora ya te lo he demostrado, así que a callar. Y no soy un alcohólico, ¿eh?, que sólo he bebido una.

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